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Gestión del conocimiento

El cambio se comunica o no ocurre: por qué la cultura de la comunicación decide si una mejora se queda

Una herramienta nueva, un proceso rediseñado o una política de equidad fracasan por la misma razón: nadie construyó la conversación que los sostiene. Cómo hacerlo.

Adriana González Perdomo5 min de lectura
Grupo de personas conversando alrededor de una mesa con notas adhesivas durante un taller
Foto: Candy Sotomayor · CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons

Hay una escena que se repite en organizaciones muy distintas. La dirección decide un cambio: una plataforma para el seguimiento de los programas, un formato nuevo de informe, una política de equidad, una manera distinta de hacer las reuniones de equipo. Se anuncia en una reunión general o en un correo. Se explica, con buena voluntad, qué es y desde cuándo aplica. Y tres meses después el cambio existe en el papel y en el discurso de quien lo decidió, pero no en el trabajo de nadie.

Lo que falló no fue la herramienta ni la política. Falló algo anterior y menos visible: la forma en que esa organización conversa consigo misma.

El cambio no es un anuncio, es una conversación

Cuando una organización incorpora algo nuevo, lo que de verdad cambia no es el sistema sino las prácticas de la gente: qué registra, a quién le pregunta, qué decide sola y qué consulta, qué considera importante contar y qué no. Esas prácticas no se modifican por decreto. Se modifican cuando las personas entienden para qué sirve lo nuevo, pueden decir en voz alta lo que no les cuadra, y ven que lo que dicen tiene efecto.

Eso es una cultura de la comunicación: no el boletín interno ni el grupo de WhatsApp, sino el conjunto de hábitos que determinan cómo circula lo que la gente sabe, piensa y necesita. Hay organizaciones donde la información baja y las dudas no suben. Hay otras donde todo se conversa pero nada se decide. Y hay unas pocas donde las conversaciones tienen cauce, tiempo y consecuencia. En esas últimas, los cambios se quedan.

El informe de madurez digital del sector social en América Latina de 2025 lo muestra con una cifra que parece contradictoria: el 76 % de las organizaciones dice promover la digitalización desde la dirección, pero solo el 6 % tiene sus procesos digitalizados y el 60 % reconoce que apenas unos pocos lo están. No es un problema de convicción. Es la distancia entre decidir algo arriba y que se convierta en práctica abajo, y esa distancia se recorre conversando.

Tres conversaciones que casi nunca se tienen

En los procesos que he acompañado, el cambio que no se sostuvo casi siempre se saltó alguna de estas tres conversaciones.

La primera es la del problema. Antes de presentar la solución, hay que haber construido con el equipo una lectura compartida de qué está pasando. Si la coordinadora de campo no ha dicho nunca en voz alta que pierde dos días al mes rehaciendo el informe para el financiador, la plataforma de seguimiento le llega como una carga más, no como una respuesta. Cuando el problema lo ha nombrado la gente que lo sufre, la solución tiene dueños antes de existir.

La segunda es la de la pérdida. Todo cambio quita algo: autonomía, una rutina conocida, un pequeño poder que daba ser la única persona que entendía la hoja de cálculo. Las organizaciones sociales, que trabajan desde la empatía hacia afuera, suelen ser poco empáticas hacia adentro con esto. Nombrar lo que se pierde, sin dramatizarlo y sin negarlo, es lo que permite que la gente lo suelte.

La tercera es la del seguimiento. Un cambio anunciado y no revisado es una buena intención. Hace falta un momento fijo, breve y periódico, en el que el equipo diga qué funciona, qué no y qué hay que ajustar, y en el que esos ajustes ocurran de verdad. Es la conversación que convierte una decisión en un aprendizaje. Y es la que más se abandona, porque cuando el cambio ya se anunció parece que el trabajo terminó.

Lo que esto cambia en cómo trabajamos

En HuellaSocial hemos dejado de tratar la comunicación como la última fase de un proyecto —el momento de “socializar” lo decidido— y la hemos puesto al principio. Antes de proponer una herramienta, un indicador o una política, construimos con el equipo la lectura del problema. Antes de implantar, acordamos cómo se va a conversar sobre lo que vaya pasando: con qué frecuencia, quién convoca, qué se registra. Y cuando terminamos el acompañamiento, lo que dejamos instalado no es solo el proceso nuevo sino el hábito de revisarlo.

Esto vale también para nosotros. Esta misma semana hemos revisado cómo nos presentamos, qué decimos de nuestros servicios y cómo contamos quiénes somos, a partir de lo que nos devolvieron personas que conocen bien el sector social colombiano. Algunas cosas que nos parecían claras no lo eran desde afuera; otras que creíamos necesarias sobraban. Una organización que acompaña procesos de cambio y no es capaz de cambiar escuchando tendría poco que ofrecer.

Por dónde empezar

Si en tu organización hay un cambio que no termina de asentarse, no lo relances con otro anuncio. Haz tres cosas, en este orden.

Primero, vuelve al problema: reúne a quienes deberían usar lo nuevo y pregúntales, sin defender la solución, qué problema creen que resuelve y si es el que ellos tienen. Las respuestas te dirán si el cambio nació de una lectura compartida o de una decisión solitaria.

Segundo, pregunta qué se perdió. Qué dejó de ser cómodo, qué dejó de estar bajo control, qué tarea nueva apareció sin que nadie la contara. No para revertir el cambio, sino para reconocerlo y, si hace falta, compensarlo.

Tercero, fija la conversación de seguimiento: media hora cada dos semanas, con un responsable y un registro de los ajustes acordados. Si a los tres meses esa reunión sigue ocurriendo y los ajustes se han hecho, el cambio se quedará. Si se dejó de hacer, ya sabes dónde estuvo el problema, y no era la herramienta.

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